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El miedo a vivir CON y SIN Drogas

Jaume Funes – ATRAPADOS CON SÍSIFO

Escribo este texto recordando 25 años de Proyecto justo unos días después de llevar toda mi sabiduría documental sobre las drogas a la biblioteca de la facultad en la que daba clases.

Algunos centenares de libros y cuarenta años de reflexiones, reacciones, estudios, desconciertos, errores de análisis y de respuesta, puestos ahora al servicio de futuros estudiosos que, con facilidad, descubrirán cómo, durante décadas, hemos hecho de Sísifo.

Hemos repetido continuamente la rutina de volver a subir montaña arriba “el problema de la droga”, sin querer darnos cuenta que la salida pasaba por desmenuzar la piedra y cambiar de perspectiva para gestionar su peso.

Miro de reojo los libros que estoy a punto de abandonar. De la vieja grifa marginal puedo saltar a las líneas del éxito que dibujan las rayas de coca. Cuando el drama de la heroína no ha bajado aún el telón se enciende la luz de la ruta del bacalao.

El alcohol está en muchas cubiertas de libros que han financiado laboratorios farmacéuticos. La cuestión de la ciudadanía que gestiona como puede sus malestares con los “diazepanes” del botiquín no ha provocado ni la mitad de debates que el “botellón” adolescente.

En los libros sobre prevención la frase más repetida es “drogas no”, aunque poco a poco aumenta la tipografía del “tú decides”. Mirando las reflexiones sobre cómo ayudar a las personas con problemas de drogas puedo descubrir un largo camino de miserias terapéuticas. La negación permanente del derecho a drogarse sanamente hasta que la aparición del sida situó entre nuestras pretensiones la reducción de daños (evitar destruirse con todo aquello que va con las drogas).

Todo un balance de destrucciones que podíamos haber evitado. También ocupa muchas páginas el largo camino en busca de cómo ayudar positivamente, como acompañar procesos para conseguir que las drogas no sean el centro de ninguna vida. Los libros sobre leyes dejan constancia de la obsesión prohibitiva y algunas reflexiones que piden regulaciones realistas. Pero, todavía, todo está inútilmente prohibido.

DE LA ENFERMEDAD CRÓNICA A LA GESTIÓN ÉTICA DE LOS RIESGOS

Aparco las imágenes de la biblioteca que ya no está y se me ocurre rehacer algunos hitos del camino recorrido mirando las decenas de libros y artículos que yo mismo escribí, las reflexiones de las que soy culpable.

Hubo un texto significativo que redacté con Oriol Romaní y pasó de ser condenado a la hoguera a libro de cabecera de las comunidades terapéuticas: “Dejar la heroína” (1985). Repasando las historias de vida de las personas que consiguieron domar “el caballo” acabamos recordando que la labor terapéutica había de servir para que las personas gestionaran sus “adicciones”, “tuvieran una vida con menor sufrimiento, un cierto grado de autonomía que les permita hacer aquello que es posible en la sociedad en la que vivimos”.

Fue una larga batalla para conseguir que la ortodoxia dominante no situara a las personas cuyas vidas se complicaban con los usos de drogas entre las “enfermedades crónicas recidivantes”. En la década siguiente, los textos más significativos tuvieron que ver con la incorporación social.

Costó mucho que se dejara de hablar de “reinserción”, no se considerara una simple fase del proceso terapéutico (después de la desintoxicación y la deshabituación) la experiencia vital de sentirse formando parte de una comunidad. “Incorporarse a la sociedad” (1989) o “La incorporación social de las personas con problemas de drogas” (1996) fueron algunos de los textos en los que se repetía la pregunta básica: “¿Cuándo, dónde, quién, le dará una razón, un motivo, provocará una circunstancia, generará una situación… para cambiar?”.

Años de pelea para que los profesionales de la proximidad, de la atención primaria o de la educación, se convirtieran en detonantes de cambio y en acompañantes de procesos. El cambio de siglo hizo que tuviera que responder con frecuencia a la futurología. Intenté advertir de los errores cometidosen las décadas anteriorespara tratar de conseguir que no hubiera vuelta atrás en la reducción de daños. Además, traté de fijar las preocupaciones del siglo XXI alrededor de la gestión ética de los riesgos.

En “Usos de drogas: realidades actuales y preocupaciones futuras” (2000) recordaba que ya no sería posible trabajar a partir de las morales de la seguridad, que tendríamos que trabajar a partir de la ética de los riesgos. “Estaremos obligados a educar para que la personas aprendan a gestionar su conducta con criterios éticos, con referencia a valores (…) Una ética de los riesgos significa sopesar pros y contras, gestionar las satisfacciones y los dolores, buscar equilibrios (…) saber dar a las drogas su modesto lugar en la vida, etc.”.

SIEMPRE TUVIMOS ADOLESCENCIA Por supuesto, los años pasados fueron años de adolescencia. Aquí la tensión tuvo que ver con dejar de preocuparse de los adolescentes con pretensiones preventivas para comenzar a mirarlos, escucharlos y tratar de ser útiles en sus vidas, también cuando se relacionan con las drogas.

Esta revista, por ejemplo, publicó dos dosieres: “Los adolescentes y las drogas” (1994) y “Atender a los que tienen problemas con las drogas cuando son adolescentes” (1996). Sigue costándonos mucho tratar de estar a su lado, controlar nuestra angustia, ayudarles a aprender de sus experiencias, capacitarlos para que gestionen los riesgos.

Un resumen de mis décadas adolescentes podría ser el que escribía en el texto para ellos y ellas “Álex no entiende el mundo” (2014): “Cualquier persona que no se para, de vez en cuando, a pensar en sí misma, a conocerse un poco más, a descubrir los motivos o las circunstancias por las que se siente feliz o triste, necesita rápidamente drogas, de la farmacia, delsuper o ilegales, que le permitan sentirse bien, no sentirse mal”. Vuelvo a las imágenes de la biblioteca que desaparece.

El último libro que meto en la caja se titula “Por miedo a vivir”. Quizás siempre nos ha pasado esto: nos domina el miedo de vivir teniendo que decidir sobre el placer y la felicidad, buscar cómo superar las desesperaciones.

Por el medio andan unas sustancias que pueden facilitarlas, impedirlas, suplirlas, mientras avanza el negocio en el mercado de la angustia y de la diversión. Ya no tengo los libros, pero en las estanterías vacías sigue sonando la misma pregunta de hace cuatro décadas: ¿por qué somos incapaces de tener un discurso humano, razonable, educativo sobre las drogas?

FUENTE: JAUME FUNES – PSICÓLOGO, EDUCADOR Y PERIODISTA – REVISTA PROYECTO Nº92

http://proyectohombre.es/wp-content/uploads/2017/03/Revista-PH_92_100ppp.pdf

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